02

May

Dios en la Tierra

Hace ya varios años, José Revueltas escribió este cuento que describe a la perfección la relación entre los mexicanos y la religión católica. En él, nos muestra el raciocinio y el fanatismo enfrentados y representados, uno por un profesor ateo y el otro por una muchedumbre enardecida, sedienta de sangre.

La reciente disputa entre aquellos que aprueban el aborto y los católicos ultra conservadores que, para tener más impacto, se hacen llamar “defensores de la vida” me trae a la memoria un párrafo de este cuento, las palabras que mejor definen a la Iglesia Católica como institución y como idea:

Las rocas se mueven, las inmensas piedras del mundo cambian de sitio, avanzan un milímetro por siglo. Pero esto no se alteraba, este odio venía de lo más lejano y lo más bárbaro. Era el odio de Dios. Dios mismo estaba ahí apretando en su puño la vida, agarrando la tierra entre sus dedos gruesos, entre sus descomunales dedos de encina y de rabia. Hasta un descreído no puede dejar de pensar en Dios. Porque, ¿quién si no Él? ¿Quién sino una cosa sin forma, sin principio ni fin, sin medida, puede cerrar las puertas de tal manera? Todas las puertas cerradas en nombre de Dios. Toda la locura y la terquedad del mundo en nombre de Dios. Dios de los ejércitos; Dios de los dientes apretados; Dios fuerte y terrible, hostil y sordo, de piedra ardiendo, de sangre helada. Y eso era ahí y en todo lugar porque Él, según una vieja y enloquecedora maldición, está en todo lugar: en el silencio siniestro de la calle; en el colérico trabajo; en la sorprendida alcoba matrimonial; en los odios nupciales y en las iglesias, subiendo en anatemas por encima del pavor y de la consternación. Dios se había acumulado en las entrañas de los hombres como sólo puede acumularse la sangre, y salía en gritos, en despaciosa, cuidadosa, ordenada crueldad. En el norte y en el sur, inventando puntos cardinales para estar ahí, para impedir algo ahí, para negar alguna cosa con todas las fuerzas que al hombre le llegan desde los más oscuros siglos, desde la ceguedad más ciega de su historia.”

Así es como la Iglesia subyuga, así es como conquista. Cierra los ojos y los oídos de sus fieles, tapia sus mentes como si fueran puertas que nunca deben abrirse.

Y desde el otro lado del océano, nos llegan las palabras del papa Benedicto, quien habla desde la comodidad del Vaticano, desde lo alto de una torre de mil quinientos millones de almas; extendiéndonos su opinión respecto al debate nacional en torno al aborto. Claro, esta perfecto que el Santo Padre tenga su punto de vista, claramente fundamentado en las enseñanzas de ese documento tan importante que es la Biblia. Pero aquí en México tenemos un documento muy importante, también, nuestra Constitución; incluso más comprensiva que la Biblia por que aplica para todo individuo, sin distinción de credo o raza. Y en ella, claramente establecido en su Artículo 33 se dice que los extranjeros no podrán, de ninguna manera, inmiscuirse en los asuntos políticos del país.

¿Quién es Benedicto? El pastor de los católicos, la cabeza de la Santa Iglesia, si. Pero también es el gobernante de una nación extranjera, y como tal, no tiene ningún derecho a entrometerse en las cuestiones internas de México.

Vivimos en la sociedad que hemos acordado juntos, bajo las leyes de nuestra Constitución, enfrentando los problemas y las cuestiones que solo nos atañen a nosotros como mexicanos. Es nuestro derecho de ciudadanos ser quienes decidan el rumbo del país. Y de acuerdo a las leyes que hemos convenido, aún si Dios mismo bajara a la Tierra, tendría que naturalizarse mexicano para tener voz en nuestros asuntos.

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